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Cristina Arruti (1944-2018): la cultura como eje

Como muchos, conocí a Cristina en un aula. De eso hace hoy treinta años, pero recuerdo vívidamente aquella figura delgada de pie junto al retroproyector, de aspecto extranjero, y que, para quienes estábamos cursando el primer año de la Licenciatura en Ciencias Biológicas, era nueva e irradiaba algo diferente a otros docentes que habíamos tenido hasta el momento. El tema era “citoesqueleto”, y fue de las pocas clases que de ella recibimos en ese curso de Biología Celular, siendo más tarde mi aventurada conjetura (no confirmada) que ese año habría viajado a su querida París. Si este curso ya me atrajo al punto de empezar a definir mi futuro desde etapas tan tempranas, el siguiente, con el enigmático nombre de Histoembriología, me dio el golpe de gracia. En éste, al comienzo del segundo año, recibimos más de sus teóricos, que se concentraron en varios aspectos de lo que llamamos Biología del Desarrollo. Algunos de mis compañeros estaban casi ofendidos con su manera disruptiva de dar las clases, otros estábamos simplemente fascinados, deseando escuchar más. Lanzo otra conjetura nunca confirmada para intentar explicar este fenómeno perceptivo: basaba sus charlas en la presentación de problemas y experimentos, sin dar detalles que podían encontrarse en los libros; una idea muy moderna, pero desconcertante para quienes esperaban el “dictado” de clases que produjeran apuntes jugosos. Cuando nos contó sobre un gen de la mosca de la fruta, llamado bicoid, que se demostró necesario para definir cuál era la cabeza y cuál la cola, y cómo se había observado un gradiente con una acumulación mayor de su ARN mensajero hacia la futura cabeza, y que además este gradiente se había podido medir, yo saltaba de emoción en mi silla. Nos estaba relatando uno de los experimentos que derivó, cinco años más tarde, en el Premio Nobel a Edward Lewis, Cristiane Nüsslein-Volhard y Eric Wieschaus. Ese día de 1990 me marcó, y es muy probable que fuera en ese instante que decidí qué quería hacer en mi vida, y sin duda fue el primer paso para convertirme en su alumno y colaborador unos años después y por un cuarto de siglo más. Espero que esta nota personal, apenas un bosquejo, sirva también como disculpa al lector, ya que solo fui testigo de un cincuenta por ciento de la vida activa de Cristina. La reseña biográfica que sigue se basa en gran parte en sus propias historias, escuchadas a lo largo de estas décadas.

María Cristina Arruti Biagioni nació en Sarandí Grande, Florida, el 21 de diciembre de 1944. Hija de una maestra de escuela y de un profesor de física de liceo, adquirió de ellos las características más prominentes de su personalidad: el amor por la cultura en general, la pasión por la ciencia, un lenguaje preciso, la capacidad de saltar del pensamiento abstracto a las tareas manuales más básicas, principios morales inamovibles y un sentido del humor único. Cualidades esenciales para lo que fueron sus dos actividades más salientes: la investigación científica y la enseñanza. La primera fue la que eligió como carrera principal desde muy temprano (si se le preguntaba su profesión, contestaría en castellano, o en francés: “investigadora”, “chercheur”). Se atrevió a inscribirse en lo que para la sociedad de la época se podía considerar una “dudosa” carrera terciaria, la Licenciatura en Ciencias Biológicas de la entonces Facultad de Humanidades y Ciencias. Allí se acercó al laboratorio de Citología y Anatomía Microscópica (el precursor de la actual Sección Biología Celular), a cargo del profesor Gerard, con quien dio sus primeros pasos en esa disciplina. Fue Gerard quien, al evidenciar sus peculiares cualidades para la investigación, le sugirió se dirigiera a la Facultad de Medicina, donde su amigo Horacio Goyena Wettstein estaba desarrollando investigaciones sobre el crecimiento óseo, que implicaban la puesta a punto de una aproximación experimental muy novedosa para nuestro país: el cultivo de tejidos. El Laboratorio de Cultivo de Tejidos, dirigido por Goyena, se estableció en la “torre de Histología”, uno de los cuatro altillos ubicados en cada esquina del centenario edificio. El lugar, al que se llegaba por una escalera tortuosa y estaba asociado a oscuros pasadizos debajo de los tejados, era ya en sí mismo muy atractivo para alguien como Cristina, adepta a las novelas y películas de misterio. Pero, sin duda, fue la interacción con la personalidad de Goyena la que tuvo un enorme impacto en su carrera subsiguiente. En esos años también formó parte de un fermental grupo de jóvenes investigadores, mayormente relacionados con el Departamento de Bioquímica, de donde surgieron entrañables amigos y un compañero para el resto de la vida, Eduardo Mizraji.

La desagradable situación de tener que dejar el país, convulsionado por el período que precedió y siguió al golpe de estado y la intervención militar de la Universidad, significó para Cristina la amargura de abandonar su amado laboratorio, pero también una oportunidad para completar su formación en el exterior. Fue en París, donde había realizado previamente breves pasajes por los laboratorios de embriología de Étienne Wolff y Louis Gallien, que llegó a lo que estoy seguro ella consideró la mejor etapa de su carrera, en la Unidad de Investigaciones Gerontológicas del INSERM (“la Unité”), dirigida por Yves Courtuois. Su formación previa, así como la vasta cultura sobre la literatura relacionada con los efectos de hormonas sobre tejidos aislados, la llevaron a interesarse en la relación funcional entre la retina y el cristalino. Dos órganos del ojo que no se tocan, pero que durante el desarrollo embrionario crecen de forma coordinada, manteniéndose siempre alineados para lograr el efecto final deseado: conformar una perfecta cámara oscura capaz de generar imágenes nítidas. Un germen de idea había nacido en la cabeza de Cristina, y cuenta la leyenda que simplemente le dijo a Courtuois que la dejara tranquila por un tiempo, que ella iba a hacer una serie de experimentos y le iba a informar cuando tuviera resultados. El director de la Unité, un hombre afable y de gran paciencia, aceptó, aunque es imaginable su perplejidad ante tal planteo. Los resultados que eventualmente llegaron y se publicaron en la revista Experimental Cell Science en 1978, fueron simplemente espectaculares: la retina contiene un factor soluble con la capacidad de modificar violentamente el comportamiento de células epiteliales de cristalino en cultivo, haciendo que pasen de ser epiteliales a mesenquimáticas, y aumentando enormemente su capacidad proliferativa. Este trabajo inició una larga y prolífica relación entre Cristina y los integrantes de la Unité y la llevó a obtener en el año 1979 el valioso título de Doctorat d'État ès Sciences, en la Universidad de Paris V René Descartes. Valioso en términos generales, por su prestigio, pero también en términos personales, ya que fue su único título universitario (habiendo debido abandonar la licenciatura en Uruguay antes de terminarla). Los factores de crecimiento, neurotrofinas y citoquinas eran una enorme masa de magma a presión que entró en erupción en la década de 1970, tras el terremoto de la biología molecular. Repentinamente, la literatura científica fue invadida por centenas de reportes de nuevas actividades de tipo “factor de crecimiento”. El descubrimiento de Cristina fue de máxima importancia, se trataba del “factor de crecimiento fibroblástico básico” (bFGF por su sigla en inglés, actualmente FGF2), pero no fue el único en esa época. Hubo incluso un Nobel, otorgado en 1986 a la gran investigadora italiana Rita Levi Montalcini por el descubrimiento del NGF (“factor de crecimiento nervioso”), y al estadounidense Stanley Cohen por el descubrimiento del EGF (“factor de crecimiento epidérmico”). Pero no para el FGF.

De todos modos, el impacto positivo fue muy grande para Cristina, y para nuestro país. Eventualmente retornó, rescatando el viejo Laboratorio de Cultivo de Tejidos y formando un grupo de colaboradores que se fue consolidando desde fines de la década de 1970. Volvió con un pan bajo el brazo: un importante proyecto de la Unión Europea permitió comprar materiales de laboratorio, reactivos y, por sobre todo, equipamiento que escaseaba en Uruguay. Cuando llegué al laboratorio más de diez años y varios proyectos después, estaba en su apogeo: varios estudiantes de posgrado, investigadores visitantes, dos técnicos, equipamiento de primera, reactivos que no faltaban. “El factor” era omnipresente, aunque pronto fueron agregándose otros temas de investigación, especialmente relacionados a las tesis de los nuevos estudiantes. Por ejemplo, su interés por el cristalino como blanco del FGF la llevó a estudiar algunas características especiales de la diferenciación celular en este órgano. Aquí es de destacar lo que fue parte del trabajo doctoral de Alicia De María, involucrando la identificación y caracterización de la enzima ADNasa I (la misma que es secretada por el páncreas durante la digestión) en el necesario proceso de degradación nuclear que sufren las fibras del cristalino en aras de la transparencia. Tuve la fortuna de ser otro de sus estudiantes, y de protagonizar el encuentro de Cristina con otra proteína que la fascinaría en la segunda mitad de su carrera científica: MARCKS. Dimos con ella de manera completamente fortuita, usando anticuerpos para encontrar moléculas distribuidas de manera peculiar en la retina embrionaria del pollo, y tardamos tres años en identificarla y que dejáramos de llamarla “antígeno 3C3”. Nuestra reacción inicial incluyó algo de decepción, porque se trataba de una proteína conocida desde hacía más de 15 años (como era de esperar en la segunda mitad de la década de 1990). Decepción que pronto devino en excitación, cuando descubrimos que lo que estábamos estudiando era una forma modificada por fosforilación, única de neuronas, de esta molécula relacionada al citoesqueleto y a la membrana celular, de la que también descubrimos se sabían muchos detalles, sin entender realmente su función. Un total de trece publicaciones y seis tesis de posgrado culminadas han resultado hasta el momento de esta línea de investigación. En todas y cada una de las empresas descritas, Cristina evidenció su eterna pasión por resolver misterios. La curiosidad era su motor, una curiosidad inocente parecida a la de los niños pequeños, con la aparentemente simple ambición de aumentar el conocimiento humano.

La cultura solo sirve cuando se comparte, lo cual puede hacerse de muchas maneras. Cristina había crecido en un hogar de docentes, por lo que para ella era natural extender a otros sus conocimientos e ideas a través de la enseñanza formal. Desde 1964 (con apenas 19 años) y hasta 1975, fue Profesora de Historia Natural y Biología de enseñanza secundaria, y entre 1973 y 1975, Profesora de Citología del Instituto de Profesores Artigas (IPA). Fue en esta década que seguramente adquirió las herramientas pedagógicas que siguió desplegando y perfeccionando a lo largo de su vida. Desde 1970, ocupó también diversos cargos docentes en la Universidad de la República, tanto en Facultad de Medicina como en Facultad de Humanidades y Ciencias (continuando en Facultad de Ciencias). Accedió en 1986 al cargo de Profesora Titular (Grado 5) de Biología Celular, cargo que mantuvo con dedicación total hasta jubilarse en 2015. Fue en estos casi 30 años que impuso un sello muy particular a la enseñanza de la disciplina a nivel básico de grado en nuestro país, siempre con la premisa de la libertad de cátedra para los docentes participantes, pero con líneas claras en cuanto a favorecer la discusión y las actividades prácticas, con el mayor acceso posible de los estudiantes a las manipulaciones experimentales. También creó a fines de la década de 1980 el curso de Biología del Desarrollo, esencialmente basado en módulos experimentales e inicialmente dirigido a estudiantes de posgrado, pero luego con algunas variantes a lo largo del tiempo, incorporado a las carreras de grado de la Facultad de Ciencias.

La enseñanza y la formación de recursos humanos de calidad a nivel de posgrado, con una fuerte inclinación a la generación de nuevos investigadores, fue una preocupación constante de Cristina. Por esa razón, fue junto con varios otros compatriotas una pionera y una gran abanderada del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (PEDECIBA), el cual tuvo como principal objetivo, desde su inicio a mediados de la década de 1980, tender al crecimiento continuo de la masa de investigadores científicos de nuestro país. Los números son sorprendentes, cuando se evidencia que con una financiación mínima a lo largo de la mayor parte de su historia, el PEDECIBA completamente cambió la cara de la ciencia en el Uruguay, así como aumentó su inserción en la academia global. Más de 30 años después, el proceso está aún en marcha e incluso hoy, con cambios tan importantes en la última década en cuanto a cómo se financia la investigación en nuestro país, el PEDECIBA sigue tan vigente y necesario como lo fue al comienzo. Claramente, una idea innovadora y visionaria de aquellos investigadores que, muchos de ellos volviendo luego de largos períodos en el exterior, convergían en Uruguay con ganas de convertirlo en un país moderno y próspero. Poco después, se embarcaría con otros docentes de la Universidad en el proyecto de la creación de la actual Facultad de Ciencias, cristalizado en 1990 como una escisión de la antigua Facultad de Humanidades y Ciencias, y completado en 1998 con la mudanza de toda la Facultad desde el viejo local de Tristán Narvaja al nuevo edificio en Malvín Norte.


Los integrantes de la Sección Biología Celular en 1998, 
en plena mudanza al Piso 7 de la nueva Facultad de Ciencias.
Desde la izquierda y arriba: José Sotelo Silveira, Virginia Pellegrino, 
Alicia De María, Nibia Berois, María José Arezo, Cristina Arruti, 
Flavio Zolessi, Carmen Bolatto y Gabriela Casanova.

Después de tantas décadas en la Facultad de Medicina, el Laboratorio de Cultivo de Tejidos también se mudó a este nuevo edificio en 1999, integrándose y permaneciendo aún en la actual Sección Biología Celular, como parte del compromiso de Cristina de dedicarse en un cien por ciento a la enseñanza e investigación en la Facultad de Ciencias. Esto no significó, sin embargo, que se olvidara de su interés por la docencia a todos los niveles, y siempre se preocupó de poder interactuar de alguna manera con la enseñanza básica, ya fuera visitando escuelas, recibiendo docentes en el laboratorio o participando de comisiones. Quiero destacar en particular lo que fue su última actividad a este nivel, la cual organizó luego de haberse jubilado de su cargo de Profesora Titular. Preocupada por la actualización de contenidos docentes a nivel secundario, particularmente en el área Biología Celular, buscó influir donde pudiera tener un más amplio impacto: en la “formación de formadores”. Así fue que en conjunto con integrantes del IPA, destacando en especial su antigua estudiante de posgrado Virginia Pellegrino, diseñó y llevó a cabo en 2016 un curso-taller en el que involucró a varios docentes de la Facultad de Ciencias, dirigido a docentes del IPA y otros centros de formación. La idea del taller, que resultó muy exitoso, fue transmitir no solo conocimientos sino herramientas experimentales modernas pero suficientemente sencillas, como para que pudieran ser utilizadas por estos docentes al formar a los próximos profesores de educación secundaria.

En homenaje a esta carrera científica y a sus contribuciones a la formación de recursos humanos, la Facultad de Ciencias le otorgó a Cristina Arruti el título de Profesor Emérito en 2017, un año antes de que nos dejara físicamente, el 29 de noviembre de 2018. Quedó un inmenso legado, distribuido entre todos sus estudiantes y en las instituciones académicas con las que interactuó, además de la producción más medible en forma de artículos en revistas internacionales y capítulos de libros. Fue un claro ejemplo de una generación que no se va a repetir, quienes vivieron muchas revoluciones en todos los campos de la existencia humana, local y globalmente. Algunos tuvieron, como ella, el privilegio de no solo sobrevivirlas adaptándose, sino también de ser protagonistas e impulsores de los cambios que nos han ayudado a crecer, obteniendo los logros que todos reconocemos en la sociedad moderna. Siempre con la cultura como eje.


Flavio Zolessi, agosto de 2019